Reflexión del día

Martes 

XXII semana del T.O

Lucas 4,31-37

Mis queridos hermanos en el Evangelio de hoy, la autoridad divina de Cristo había suscitado la reacción de satanás, escondido en aquel hombre; Jesús, a su vez, reconoció inmediatamente la voz del maligno y "ordenó severamente: ¡Cállate y sal de este hombre!".

Solo con la fuerza de su palabra, Jesús libera a la persona del maligno. Y una vez más los presentes permanecen asombrados: "Pero este hombre, ¿de dónde viene? Da órdenes a los espíritus impuros, ¡y estos le obedecen!". La Palabra de Dios provoca asombro en nosotros. Tiene esa fuerza: nos asombra, bien.

Mis hermanos el Evangelio es palabra de vida: no oprime a las personas, al contrario, libera a cuantos son esclavos de tantos espíritus malvados de este mundo: tanto el espíritu de la vanidad, el apego al dinero, el orgullo, la sensualidad.

El Evangelio cambia el corazón, cambia la vida, transforma las inclinaciones al mal en propósitos de bien. El Evangelio es capaz de cambiar a las personas. Por tanto, es deber de los cristianos difundir por doquier su fuerza redentora, llegando a ser misioneros y heraldos de la Palabra de Dios.

Mis hermanos acuérdense siempre que el Evangelio tiene la fuerza de cambiar la vida. No se olviden de esto. Él es la Buena Nueva, que nos transforma solo cuando nos dejamos transformar por ella.

He aquí porqué les pido siempre que tengan un contacto cotidiano con el Evangelio de hoy, que lean cada día un pasaje, un pasaje, que lo mediten y también que lo lleven con ustedes por doquier: en el bolsillo, en la cartera. Es decir, que se alimenten cada día de esta fuente inagotable de salvación.

No se olviden. Lean un pasaje del Evangelio cada día. Es la fuerza que nos cambia, que nos transforma: cambia la vida, cambia el corazón.

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