Reflexión del día

VII semana

de Pascua

lunes 

Juan 16, 29-33

Mis queridos hermanos el Evangelio de hoy nos permite hacer algunas preguntas ¿Cómo está mi fe? ¿Creo o no creo? ¿O creo un poco sí y un poco no? ¿Soy un poco mundano y un poco creyente?

Cuando recitamos el Credo, ¿lo hacemos sólo de palabras? ¿Somos conscientes de que sin fe no se puede seguir adelante, no se puede defender la salvación de Jesús?

Jesús no pregunta como a aquel muchacho ciego que curó: "¿Estás contento? ¿Eres feliz? ¿Viste que soy bueno?", sino más bien le dijo: ¿Crees en el Hijo del hombre? ¿Tienes fe?

Y es la misma pregunta que dirige a nosotros todos los días. Una pregunta ineludible porque si nuestra fe es débil, el demonio nos vencerá.

El escudo de la fe no sólo nos defiende, sino también nos da vida. Y con esto, dice Pablo, podremos apagar todas las flechas llameantes del maligno.

El demonio, en efecto, no nos arroja flores sino flechas llameantes, venenosas, para matar.

La armadura del cristiano está compuesta también por el casco de la salvación, por la espada del Espíritu y por la oración. Lo recuerda san Pablo: "orad en toda ocasión". "Orad, orad". No se puede, en efecto, llevar adelante una vida cristiana sin la vigilancia.

Por eso la vida cristiana puede considerarse una milicia. Pero es una lucha bellísima, porque nos da esa alegría de que el Señor ha vencido en nosotros, con su gratuidad de salvación.

Sin embargo, todos somos un poco perezosos y nos dejamos llevar por las pasiones, por algunas tentaciones.
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